viernes, 18 de marzo de 2016

Sobre Dios

Cuando Dios nos mira… ¿habrá de arrepentirse?

¿Habrá de ser capaz de no cerrar los ojos,
en caso de que párpados tuviera?

¿Se reirá Dios cuando nos mira?
¿Llorará al mirarnos?

¿Acaso nos mira Dios?
 Aun después de este fracaso, ¿querría mirarnos?

¿Seremos apenas dignos de su pena,
en caso de que Dios alma tuviera?

¿Tendrá alma Dios?

¿Habrá Dios?

¿Y a quién, si no, cargamos con la culpa?


jueves, 14 de enero de 2016

Cosas que no he contado nunca.




Me lo pide el cuerpo, mira tú.

Me presento. Tengo 39 años. Dependiendo de qué edad tengas tú, puede parecerte mucho. A mí me parece poquísimo.

Dediqué los primeros 24 años de mi vida a estudiar. Se me daba bien. Gracias al esfuerzo de mis padres, tengo una licenciatura (de las antiguas, de cinco “añazos”) y un curso de postgrado, en una materia que nada tiene que ver con mi actual ocupación y que, sin embargo, me aportaron más que mucho. Para muestra un botón: sé escribir sin faltas de ortografía. Ya ves.

Según mi vida laboral, llevo 16 años trabajados (no sé cuántos llevas tú, pero a mí estos me parecen muchos…) de los cuales los últimos ocho han sido, y espero que lo sigan siendo, como autónoma, dejándome la piel en sacar una empresa adelante, en época de crisis económica, pagando religiosamente unos impuestos y unas cuotas de la Seguridad Social de los más altos de Europa. Los ocho primeros años incluyen trabajos temporales para pagar mis gastos, un contrato de becaria, una empresa que me contrató como “ejecutiva de cuentas” y en la que me pusieron a servir café a los clientes (dejé el trabajo la semana siguiente) y un par más. Aquella empresa que no llegó a darme de alta, no. Ésa no aparece, obviamente. Y en todas aprendí infinidad de cosas y lo agradezco.

Tengo una gata. Cada vez que la miro me digo que ella es el universo entero. Que todo el universo está dentro de ella, como está en los árboles, en los niños y en cada uno de nosotros.

Hablando de niños, tengo dos sobrinos maravillosos. Mi preciosa Paula de 4 años y mi fantástico Adrián de 9. Y me preocupan. Creo que la educación es lo único que puede cambiar el mundo. Y no hablo sólo de enseñar lengua o matemáticas, ni de presumir de colegios bilingües (lápiz pencil, pluma pen), sino de reconocer, valorar y potenciar el propio talento, la cooperación en lugar de la competitividad, la conciencia... Sí, me preocupan mucho.

Puedo contaros también que mi padre sufre esclerosis múltiple. Se la diagnosticaron cuando tenía 33 años. Ahora tiene 68. Esto viene significando que mi madre le dedica cada uno de sus días desde hace 35 años, lo cual hace un total (sin contar los veintinueves de febrero) de 12.775 días, que se dice pronto. Confiamos en que queden muchos más, porque a pesar de todo, lo que más se oye en esa casa son risas. (Sí, son unos cracks.) Así que entenderéis que también me preocupe mucho el tema de la sanidad y las ayudas a la dependencia, así como la inversión en investigación de enfermedades sin cura, y a la par, su prevención.

Me apasiona el arte. En todas sus manifestaciones. Escribo poesía por hobby y tomo clases de interpretación. Me encanta la música. Soy más de concierto que de CD. Y creo firmemente que hay que ampliar el espacio que ocupa el arte en nuestras vidas, por nuestro propio bien.

Bueno, pues ya está. Creo que como resumen, no está mal.

Dicho esto, sólo me queda añadir que ni me gusta, ni me interesa nada la política. De nunca. Antes solía decir que tampoco entendía, pero de un tiempo a esta parte, y con semejante resumen curricular, no tengo claro que así sea.

Los que me conocen saben que soy vitalista, positiva, que paso la mitad del día riéndome, que soy de impulso fácil y de pasión sin control.

No soy perfecta. Ni impermeable a las opiniones de los demás. Estoy convencida de que todo el mundo hace cosas bien y cosas mal. Todos. Sé que no siempre tengo la razón, y estoy dispuesta a dejar que me convenzan.

Pero no cualquiera.

Lo siento, pero no.

¿Sabéis cuando se muere un familiar, o te deja tu pareja y alguien te dice “te entiendo”, “sé lo que sientes”  y otras lindezas similares que están a años luz de lo que tú sientes, de lo que te pasa, y te dan ganas de decir “no tienes ni puta idea, pero gracias”?

Pues eso me pasa a mí últimamente con tanta palabrita fácil sobre política, de un lado y de otro del hemiciclo, y esa incómoda sensación es la que me lleva a escribir esto:

Si vas a darme lecciones, asegúrate de saber más que yo. Si no es así, no me juzgues. No me hagas perder un solo segundo. Que ni se te ocurra hacerme escuchar discursos populares, contemplar gestos vacíos en busca de portada, darme consejitos con la ceja levantada y moviendo mucho las manos, o plantearme teorías políticas facilonas, si no has pasado, como mínimo, repito, como mínimo, por todas y cada una de las cosas que he pasado yo (como tantísima otra gente, salvo, parece ser, los que acaparan periódicos y escaños).

¿Y sabes por qué?

Porque no tienes ni puta idea.

Pero gracias.


miércoles, 6 de enero de 2016

Donde yo ya no vivo

Donde yo ya no vivo
nadie te espera.
Nadie se asoma al balcón
ni abre la puerta.

Donde yo ya no vivo
no pasan cosas.
Aquellos besos dejaron
de buscar boca.

Donde yo ya no vivo
nadie te llora.
Nadie escribe más letras
que acaban solas.
  
Donde yo ya no vivo,
allí, en el pasado,
nadie nada recuerda.

Ni tú existes ni yo…

Ni tú existes ni ya 
quiero que vuelvas.


sábado, 5 de diciembre de 2015

Todo se mueve

No te agarres a nada.
Todo se mueve.

Alguien
             sopla
                      y vuela.

No presumas de tener.
No es tuyo. No te pertenece.
Un día pestañearás y no estará.
Y no sabrás si estuvo alguna vez.

No te busques en ningún espejo.
No estarás.

Porque todo se mueve
y algún día serás tú el que sople,
y el que vuele,
y al fin entenderás lo que te digo.
Fotaza de Christopher Campbell

domingo, 25 de octubre de 2015

Aleatorio



Luna gigante. Silenciamos el mundo. Vamos a contar banderas, tralará.

Una sorpresa. Dos. Tres. Rompiendo moldes.

París. Roma. Berlín. Parar en Copenhague y hacer foto de mí sobre una piedra, varada.

La peca que remata. Las caderas arnés. Nuestro reflejo.

Despertar y mirarte y sonreír.

Que todo tenga sentido, menos nosotros.

“Cállate”.

Perder el equilibrio. Perder  la apuesta. (Nunca decir “basta”.)

Perder  los nervios. La cuenta. La razón.

“Escribe tú, si puedes”.

Helado en la nariz. “Hacía dos segundos que no pensaba en ti. Te echo de menos.”

Muchos ojos. Muchos labios. Mucha piel. “A qué hora llegas.”

Hay un romano fumando en mi terraza. “Ahórrate la ducha. Ven aquí.”

Aguantarse las ganas. Pedir de contrabando un “bésame”.

La  foto en que no sales. Otras en las que sí. Lo que dejamos de hacer para querernos.

Tú deshaciendo mis nudos. Yo prometiendo no atarme jamás a nada.

Vivir debajo del muérdago y hacer lo propio. Y lo impropio también. Hacerlo todo.

Las piernas que dan abrazos. Los brazos que dan cobijo. “Mira, un río.”

Dos cordones. Un cordón. Sólo es un truco.

Un payaso de marte que daba la vuelta al mundo en taxi, y nos dio envidia.

Nadie me para los soles como tú.

El post it que yo no vi. Tú en mi nevera.

Cuarenta y ocho horas sin lechuga.

Doscientas cincuenta malditas canciones de amor.

Agosto nos llora. Ya se termina.

Voz que no sale. Palabras que no están.

Dos que se han hinchado a amar. Una estación que mira.

Empezar juntos el camino de vuelta. Deshacerlo yo sola. Ser tan de nadie.

El último “Te loqui, amor” que no te dije.

“No voy a llorar”.

Cuéntame más…


viernes, 25 de septiembre de 2015

Todo al rojo.

A veces pasa. No suele avisar.

Cuando menos te lo esperas, te enamoras.

Te despiertas y ahí estás. 
Delante de la ruleta, con toda la gente atenta a lo que decidas,
y una voz que dice firme: “su turno”.

Y te la juegas.

Y te lo juegas todo.
Todo al rojo,
(que es el color de la pasión, y tal...
un poco porque el negro da como mal fario).

Y no recuerdas desde cuándo tiemblas, o suspiras,
ni desde cuándo tienes esa sonrisa tonta,
que a más de uno le habría gustado borrar.

Pero ahí estás. Ya lo has dicho.
No puedes salir corriendo, ni desdecirte.
No. No va contigo.
Y lo peor es que ni siquiera de lejos te arrepientes.

Dentro de ti una voz
(que ahogarías de saber de dónde viene)
se descojona y grita “¡Verás qué golpe…!”
y tú tragas saliva.

Luego piensas en su cara
y ella vuelve,
(la sonrisa más estúpida del mundo),
y con ella por montera le respondes:

“Cierra la boca, imbécil. Vivir es esto.”