jueves, 18 de agosto de 2016

Se me ocurre

Se me ocurre que tenemos que coger el toro por los cuernos. 

Dejar de mirar para otro lado, de andarnos con chiquitas (sobre todo tú).

Se me ocurre que tú y yo deberíamos tomar las riendas, hacernos responsables de devolverle al mundo todos los besos que le faltan. Alguien tiene que hacerlo, y quién mejor…

Deberíamos llevar besos a todas las esquinas, a todos los portales, dejar un beso por tejado, plantarlos en los espejos de los ascensores, en los asientos traseros de los autobuses, en el Bernabéu y en el Calderón.

Tú y yo deberíamos regalarle un beso a cada charco, dejar, como el que no quiere la cosa, un beso en cada bar de carretera, repartir besos a las puertas de todos los colegios, en los juzgados, en los patios de todas las prisiones.

Deberíamos llevar nuestros besos al Congreso, a los fotomatones del Metro, a los jardines de infancia y a las residencias de la tercera edad.

Besarnos en los baños de cada aeropuerto, en las bibliotecas de las universidades, a las puertas de los templos, en los laboratorios, en el Botánico, en Primark.

Curar el mundo con besos desde Ikea, en Lavapiés, en el Rastro los domingos, en las barcas del Retiro, en tu cocina.

Deberíamos besarnos delante de nuestros padres y delante de nuestros sobrinos, en la inauguración de las siguientes olimpiadas, en la pantalla de la Súper Bowl.

Se me ocurre… No sé...

Estaba pensando en tu boca sin querer y me han entrado ganas de salvar el mundo.




Fotografía de Josh Felise

domingo, 7 de agosto de 2016

Mi persona favorita

Yo tengo una persona favorita que es cuchara, cuchillo y tenedor.

Es risa, es abrazo, es casa y es muy grande, para que le quepa toda la paciencia que le pido.

Mi persona favorita es capa, refugio, circo, viaje al mar, cerveza bien fresquita.

Nunca estuvimos juntos en Mallorca, pero vamos y venimos de allí todos los días.

Nuestra unidad de medida son infinitos, la media mil millones, la moda compartirlo.

A mi persona favorita le quedan fetén los trajes, pero es más él con Converse de colores.

No le importa madrugar, no entiende de traumas ni de poesía, y mañana mismito deja de fumar.

Tiene alergia a los gatos y una gata. Sabe el secreto aunque no se lo cuentes. Queda siempre cuando todo pasa.

Mi persona favorita fueron los veinte, los treinta y los cuarenta. Es suerte, regalo, tesoro, premio inmerecido, pero no voy a ser yo quien lo devuelva.

No sé tú, pero yo no puedo ser más afortunada:

A pesar de lo difícil que lo pongo, 

                                                          mi persona favorita del mundo siempre consigue


                                                                                                                                           que el mundo siga siendo 

mi sitio favorito.




sábado, 6 de agosto de 2016

Quiero decirte "ven".

Quiero decirte “ven”.

Quiero decirte “cómeme la poca
vergüenza que me queda”.

Decirte “vamos” y después decirte “más”.

Quiero afirmarte,
reconocerte en insultos,
invitar a los dioses a la fiesta;
Regalarte mi pelo,
enseñarte la lengua,
bailar contigo.

Quiero besarte como beso yo,
como si fuera a quererte para siempre,
como si me muriera por parir tus hijos,
como si no hubiera más y fueras tú.

Quiero decirte “ven” 
y que no vengas
para no tener después que decir “gracias”,
ni “en fin”, ni “es lo que hay”.

Para no acabar clamando a los dioses
de manera distinta
y confundirlos.

Para no recriminarme “en qué momento”,
ni reprocharme el maldito “lo sabía”.

Así que, si te parece bien, éste es el plan:

1: A la mierda el plan.

2: Improvisemos.



Fotografía de Alejandra Quiroz

miércoles, 3 de agosto de 2016

La suerte de ser Paula

Paula fue dibujada con mucho amor. Se hizo esperar, como los grandes acontecimientos. Le teníamos
guardado el sitio desde hacía años, y cuando al fin llegó le aplaudimos mucho.

Paula tiene dos ojos llenos de preguntas y de ganas, dos orejas que confirman a papá, una boquita fina y una nariz que aún no apunta maneras.

Paula tiene todos los deditos en las manos y en los pies, y todas las entrañas que han de venir de serie. Está enterita, no le falta nada.

Paula tiene por norma que la vida le sorprenda. Se deja alucinar por al menos setenta y dos cosas distintas cada día.

Paula sabe confiar y no tiene miedo. Paula no se plantea si sabe amar. Ella ama hasta el infinito y volver, y cuando no puede más cae rendida (entonces se mete el pulgar en la boca, igual que hacía su tía, y se entrega al sueño).

A Paula ni se le pasa por la cabeza que su cuerpo pueda no ser perfecto, que un cuerpo cualquiera no pueda serlo.

Los amigos de Paula no son bajitos, gafotas, negritos o rumanas. Sus amigos son Alberto, María, Freddy  y Natasha, y ella hace lo que esté en su mano para que estén bien, por eso todos se la rifan en el baile del colegio.

Paula llegó detrás de Adrián y en cada ocasión le hace saber que él es importante.

Paula tiene un hámster al que puso de nombre “Bolita de pelo”, y una Barriguita heredada a la que le puso el nombre de Lola, aunque dice que no conoce a nadie que se llame así. (Algún día le contaremos que Lola fue su bisabuela, la madre de mi madre, la que cuida de esta familia desde el otro lado).

Paula le acerca la muleta al abuelo cuando cree que va a necesitarla, y reparte su postre-premio de chocolate con el resto, porque así le sabe todavía más rico.

La gran mayoría de nosotros (lamentablemente, todos no) hemos sido Paula, ¿lo recuerdas?

¿Te acuerdas de cuando decías lo que te gustaba y lo que no? ¿Cuando abrazabas porque sí? ¿Cuando tenías ganas de jugar, de reír, de descubrir? ¿Cuando aprender no dolía?

Si tú tuviste la suerte de ser Paula, jugaste con renacuajos y lagartijas; te tiró una ola y aprendiste que no podías controlarlo todo; te picó una araña o una avispa y te enseñó que no todo tiene explicación ni es justo; te caíste de la bici y supiste de tu fragilidad.

¿Te acuerdas de cuando no sabías que tenías tanta suerte? ¿Recuerdas lo que eres debajo de todos esos años?

Si estás apretando los labios es que sí, que lo recuerdas, que tú también tuviste la suerte de ser Paula una vez. Hace mucho tiempo. Todo el que nos sobra. Y eso es exactamente lo que Paula ha venido a recordarnos.




domingo, 31 de julio de 2016

Verano en Madrid

El día ha atardecido lento.

Este lánguido “Hoy” ha empezado a las cuatro y cuarto de la tarde, y se mueve con la pereza de quien no halla rumbo.

Lentos se deslizan los carritos de la compra sobre el pavimento.

Lentamente mueven la cabeza los abuelos sentados en el banco de siempre, los únicos que hoy se han atrevido a rendirse y a no huir, a pararse, sentarse y mirar, girando la cabeza, los pasos, el pasar de la gente, el posar de pies que demora lo que parecen horas sin serlo, pues a este día aún no le han llegado los minutos. Tan sólo larguísimos segundos que no consiguen organizarse en grupos de sesenta.  

Pesa el sol. A saber de quién se está vengando, qué le habrán hecho, pero pesa toneladas contra la piel que intenta pelearle. Los gatos no se mueven debajo de los camiones. Yo me escondo bajo mi soledad, que me hizo sombra siempre, y se agradece.

Este día, que no acaba de llegar ni quiere irse, arrastra un amarillo amarronado. Trae al cuello desgana y apatía, trae sinrazón, trae existencialismo, preguntas de tres en tres, un botón en el que al pulsar suenan aplausos y otro en el que se escuchan carcajadas, como en la tele, para que cada cual se engañe como guste sin necesitar moverse del sofá.

Hoy no hay aire, o al menos nadie sopla. La gente se mueve como si luchara dentro de burbujas llenas de algo espeso, gelatinoso. Difícil avanzar. Cuesta trabajo y apenas quedan fuerzas.

Hay un coche bajo mi ventana con el motor en marcha desde hace un rato. Unos seiscientos segundos, más o menos, (ni un solo minuto, ésas tenemos). Parece que tiene un plan, un gran destino, parece que se dirige a alguna parte y que está a punto, pero no termina de moverse nunca. Sólo es ruido.

Pienso que somos algo parecido. Un motor en marcha que a veces parecequé, pero que no.

Qué tarde es este día. Qué tarde es esta tarde. Cuánto tiempo lleva entender que el tiempo no existe y qué tarde es cuando se comprende.

Pulso el botón de los aplausos para convencerme de que me gusta lo que he escrito. Mi lado oscuro pulsa el de las carcajadas para que no se me escape el patetismo de acabar de pulsar el botón de al lado.

Se me ha ido de las manos.

Yo sólo quería contaros que es verano en Madrid, y hace calor.




Fotografía de Grant Lemons

sábado, 23 de julio de 2016

Sólo sé que no se ama.



Advertencia. Esta pieza lleva grandes dosis de protesta, autocrítica y tocapelotismo, que pueden herir (seguramente hieran) gravemente tu sensibilidad. Si padeces de intolerancia, conformismo o consideras que, como escuché ayer,“el amor es muy bonito y todo eso, pero…”, deja de leer aquí. No digas que no te lo avisé.


“Nos gana. Nos sigue ganando la batalla el puto miedo. Le sigue partiendo al amor la boca.

Nos siguen faltando los cojones de hacernos las preguntas más difíciles y permitirnos doler para sanarnos. Llorarlo todo. Pasar por esa parte tan jodida de entender lo que somos y por qué, lo que heredamos, lo que nos enseñaron, los patrones que reproducimos y lo que pudimos elegir.

Romper las piezas y armar un nuevo puzle.

Nos falta bajar al suelo, quitarnos la venda, mirarnos en un espejo y reconocernos, querernos antes de que lo hagan otros, conectar con el centro, con la madre Tierra, con la Humanidad en toda su extensión. Nos falta llamar “emocionales” en lugar de “mentales” a la mayoría de los trastornos. Nos falta entender. Nos falta saber que merecemos amarnos sin condiciones y que igual nos amen. Nos faltan caricias, sonrisas, carcajadas. Falta conciliación, camas en hospitales, una buena ley electoral. Falta autoestima. Falta inversión en investigación de enfermedades  sin cura, trabajar en prevención, prestar más atención a los mayores, enseñar con el ejemplo a nuestros niños. Nos falta valentía, nos falta responsabilidad, voluntad de aprender, crecer, seguir evolucionando (y que sea hacia delante). Nos falta perdonar, nos falta saber escuchar con todo el cuerpo, cambiarnos los zapatos. Nos falta empatía, compasión, aceptación. Nos falta meditar. Falta respeto y también falta respeto y eso que termina en “peto” y empieza por “res”. Nos falta amor. Todo el amor nos falta.

Nos sobra ego, importancia, tres cuartos del armario, la mitad del dinero, las marcas (de todo tipo), el apego. Nos sobra dependencia, esclavitud. Nos sobra el machismo y nos sobra el feminismo (no me convenceréis, todo lo que nos divida es la misma mierda), nos sobra la culpa, todas las religiones, los escaparates con maniquíes de la 36, el Tinder, el “ciudadanos y ciudadanas” y la paridad que insulta cualquier inteligencia. Nos sobra corrupción (y a los políticos también). Sobran los aforamientos, las puertas giratorias, los sueldos vitalicios, los funcionarios, el glutamato monosódico, el maltrato de animales para nuestro disfrute lúdico o culinario, los médicos sin alma, los profesores sin vocación, los títulos nobiliarios, Telecinco, la envidia, las zancadillas, los juicios y los prejuicios. Sobran las armas. Nos sobra la segunda mejilla, y la primera. No habrían de hacer falta. Me sobra la fiesta del orgullo gay, los “colectivos”, las etiquetas y hasta la petición de tolerancia. ¿Cómo...? ¿Cómo podría el amor necesitar que se le tolerara? El amor es, el amor se vive, se disfruta, se aplaude, se celebra y se comparte. No hay combinación incorrecta cuando uno ama.

Cómo resumirlo…  A la Humanidad le falta humanidad.

Nos sobran tragaperras y nos falta viajar.

Nos sobran Pokemons y nos faltan libros. Toneladas.

Nos sobran precios y nos faltan valores.

Sobra porno y falta sexo.

Sobran abogados y falta justicia.

Sobran normas y falta sentido común.

Sobran anuncios y faltan dibujantes.

Sobran razones y falta intuición.

Sobran selfies de ombligos y falta terapia.

Sobra ruido y faltan cómodos silencios.

Sobran zoos y faltan selvas.

Sobran vicios. Faltan hobbies.

Sobra pánico a morir y faltan ganas de aprovechar esta bendita vida.

Sobra luchar en contra de la guerra y falta trabajar a favor de la paz.

Sobramos poetas y faltamos amantes.

Existe otro camino. Son cuatro letras, y al revés lees Roma.
Lo único que falta es el amor.

Échale huevos, venga. Ten los cojones de cambiarlo todo.
Que hoy sea el día: Ama. Ama de verdad.”

-Me digo a mí misma todas las mañanas-.


lunes, 11 de julio de 2016

Mis pies y el mar

Mis pies.
Mis pies y el mar.

El tipo de los tatus enseñando a andar a su bebé en la orilla.
La niña quieta que mira las olas con respeto y se lo piensa.
El de los manguitos.
El castillo que todo el que mira se muere por pisar.
La señora mayor con gafas y sombrero, totalmente vestida pero descalza, con bastón y paraguas por sombrilla.
El niño que usa un cazamariposas para atrapar renacuajos y el hombre que remueve la arena en busca de tellinas.

Mis pies.
Mis pies y el mar.
Mis pies, caminando con prisa, como siempre camino, como si tuviera que huir de no sé qué.

La botella de plástico que flota. Mis maldiciones.
La abuela que se ha pintado los ojos para bajar a la playa. O quizá se los pintó un día y no se desmaquilló nunca.
La melena que le crece al musgo sobre la roca.
La nevera en la que se reproducen picotas y ciruelas de todos los colores.
La sombrilla que vuela.
Todas las embarazadas del mundo, que han venido a parar a la misma playa.
El señor que se mete en el agua con la gorra puesta.
El chico que hay debajo de los tres kilos de crema que le ha puesto alguien que le quiere mucho, y la madurita que hay debajo de ese pellejo quemado que le sirve para resaltar los ojos y los dientes, y que así olvides mirarle el corazón.

Mis pies.
Mis pies y el mar.
Mis pies, caminando con prisa, como siempre camino, como si estuviera buscando no sé qué.

Los de las palas. Y los del voleibol.
La anciana que te mira y piensa “algún día tú también serás esto”.
Las olas, a las que nada para, porque les da igual todo.
Los africanos vendiendo vestidos y una gitana salada demostrando las mil y una maneras de colocarse el pareo que “casi regala”.
La bandera verde, que nunca es para mí.
La concha blanca que pide a gritos sumarse a mi colección de conchas blancas.
“La Toñi” llamando a gritos “al Joshua”.
Los socorristas con el “comosellame” naranjita, sabiéndose diana de todas las miradas: decepcionadas unas, encendidas otras (al fin y al cabo, el “comosellame” naranjita no deja de ser un uniforme…).
El padre de familia que se esfuerza por hinchar la colchoneta sin perder la dignidad en el intento.
La pelotita.

Mis pies.
Mis pies y el mar.
Mis pies cruzándose con miles de otros pies menos veloces.

La boya que baila al son del oleaje.
Una toalla en medio de la nada. El que llega y se pone justo delante. El que llega y se pone justo detrás. El que se coloca justo a un lado y el que al otro. Kilómetros de playa vacía alrededor.
Tío y sobrino guerreando con pistolas de agua.
Las cicatrices, las estrías, la carne, las vergüenzas. Lo que es.
La avioneta que arrastra la lona publicitaria (cuando lanzaba balones, el mundo era un sitio más amable).
El que se entierra.
La que se exhibe.
El cubo, el rastrillo y la bendita regadera.
La libélula que viene y va.
La medusa en la orilla que ya ni va ni viene, que ya no nada.

Mis pies.
Mis pies y el mar.
La falta que no hace,
las ganas que no tengo de explicarles por qué camino siempre tan deprisa.

Mis pies sin tus pies y el mar.
Cómo podría yo no apresurarme…



Fotografía de Misstake